Published in the Mexican daily La Jornada
From: LATINAcoop Europa {latinacoop@hotmail.com>
Subject: [s26rosario] Macartismo, recesión y guerra
To: {correo@puntofinal.cl>
Macartismo, recesión y guerra
Guillermo Almeyra
En esta recesión planetaria es difícil escapar a la
sensación de déjà vu. La de 1929, por ejemplo, arrojó a la
calle en Alemania a millones de trabajadores y polarizó la
sociedad, reforzando en uno de los polos a la izquierda
radical y en el otro a la extrema derecha. En 1933 la salida
del gran capital fue el hitlerismo, que apretó a fondo el
pedal del nacionalismo, fomentó el odio contra la
"plutocracia judeo-masónica", reprimió a los judíos como
chivos emisarios de la crisis y "resolvió" el problema de la
desocupación convirtiendo a los sin empleo en soldados de la
guerra que empezó a preparar en grande. En Francia, el
nacionalismo chauvinista de la Croix de Feu,
clerical-fascista, tuvo que ser aplastado en batallas
callejeras, en 1934, por los obreros comunistas y
socialistas, y eso evitó a los franceses el destino trágico
de los alemanes, y llevó, por el contrario, al gobierno
izquierdista del Frente Popular.
Como consecuencia de la crisis, y para parar la
radicalización de los trabajadores, en España se alzaron los
curas, los banqueros y los militares contra la República e
impusieron el franquismo, que participó en la guerra junto
al Eje nazi-fascista aunque con las limitaciones resultantes
no de su falta de voluntad sino de que el país estaba
desangrado. El silogismo recesión-reacción
interior-guerra-intento de aplastamiento de la sociedad para
asegurar el poder del gran capital y de sus principales
agentes funcionó a la perfección. La guerra fue el
instrumento esencial contra el enemigo interno, el trabajo,
que amenazaba al sistema. Como "la guerra es la continuación
de la política por otros medios", como decía Karl von
Clausewitz, que había combatido contra Napoleón, la política
represiva necesitaba la guerra para afirmar el dominio y la
dominación del gran capital y ahogar las divergencias
políticas en el rumoroso oleaje del nacionalismo.
En Estados Unidos, del otro lado del Atlántico, y durante la
guerra fría, el senador McCarthy y su banda de delincuentes
desataron una campaña de persecución anticomunista y de
delaciones para no ser perseguido y encarcelado que
favorecieron infames ajustes de cuentas personales y los más
turbios negocios. Nuevamente funcionó el silogismo arriba
mencionado, sin importar que el líder del patrioterismo
oficial fuese un corrupto, personal y políticamente. Las
diferencias en el nivel de conciencia cívica entre Europa y
Estados Unidos, y el hecho de que la realidad social y
económica de ambas partes del Atlántico no fuese la misma,
ayudaron entonces a cortarle las alas al pichón de "American
Fuhrer".
Ahora reaparece George W. Bush, con la idea hitleriana de la
responsabilidad colectiva de los pueblos por sus dirigentes
momentáneos, con la idea franquista de la lucha del Bien
contra el Mal, con el fundamentalismo macartista que explota
la ignorancia y el chauvinismo de la mayoría de los
estadounidenses, educados en la confianza en el Destino
Manifiesto que los convertiría ipso facto en pueblo elegido
del Señor y, por lo tanto, en jueces y policías del
universo.
La censura a todos los medios de comunicación e información,
la amplia libertad concedida a la policía y a los organismos
de seguridad, en violación directa de la Constitución y de
las leyes estadounidenses, la decisión de crear tribunales
secretos y cárceles secretas y de permitir ejecuciones
secretas al margen de la justicia y por simple decisión
personal del presidente, convierten la democracia
oligárquica estadounidense en una dictadura imperial
encabezada por un presidente (que fue elegido gracias a un
golpe de Estado legal, ya que sacó menos votos que su
contrincante y dependió del fraude en Florida, el estado
donde gobierna su hermano Jeb).
Esta transformación totalitaria corresponde cabalmente al
hecho de que las 200 empresas que gobiernan el mundo ejercen
un poder antagónico con la democracia pero también al temor
a las consecuencias sociales y políticas de la recesión
mundial actual. El hecho de que ésta golpee también a Europa
-contrariamente a lo que sucedía durante el macartismo-
reduce la protesta de los intelectuales europeos y el peso
de la opinión pública del viejo continente, bastante
desarmada por el neoliberalismo y sus agentes de la "tercera
vía". Bush puede así extender el macartismo fuera de las
fronteras estadounidenses, con sus miedos y sus fobias, y
contagiar con el veneno del racismo y el chauvinismo a
países enteros.
Mientras tanto, la ola nacionalista en Estados Unidos busca
darle consenso para preparar la guerra real, no la de
Afganistán, y para poner fuera de la ley como antipatriotas
y agentes del terrorismo a todos los intelectuales,
estudiantes o trabajadores que protesten contra la política
de feroz racismo étnico y clasista practicada por el
gabinete de petroleros y el gran capital financiero, con el
apoyo de los medios de información en manos de ese
establishment.
En bien de la democracia en Estados Unidos y en el mundo hay
que desenmascarar y parar esa dictadura presidencial
macartista y esa preparación política y cultural de la
guerra.
FUENTE: La Jornada (México)
----------